Entre recitales y el amor,la alegría es solo metalera

Una crónica a través de las noches en el Juan L. Ortiz, colectivos que se iban temprano y vidas marcadas por pobreza y resistencia; un heavy narra el encuentro con la mujer que cambió su manera de habitar la música

Por César Luis Penna

Para un heavy metal lo mejor que le puede pasar es poder enamorar a una metalera, y enamorarse de ellas es fácil.

Lo primero hay que saber es que cuando el joven se va convirtiendo en adulto no se fija realmente si la chica es metalera o no. Cuando ya es adulto se va dando cuenta que lo que realmente quiere es eso, una chica metalera para ir a conciertos, tomar unos mates escuchando Horcas o simplemente amarse al ritmo de Pantera, Sepultura, Metallica o Korn… vivir al son del metal todos los días. El tema es que ellas pasan por los mismos problemas por los cuales nosotros nos convertimos en metaleros, por lo que es difícil encontrarlas y sacar una sonrisa de sus tersos y marmoleados rostros.

A los recitales donde me tocó ir todos éramos hombres, no participaba ni una mujer soltera, solo las novias y madres de los músicos que siempre acompañaban. Claro que la pasábamos bien igual pero cuando uno está en ese periodo “septembrino” se vuelve algo imposible encontrar pareja en ese ámbito. En los otros, siempre resultó muy complicado encontrar a alguien para querer que le gustase la misma música o el rock al menos.

Una noche en el Juan L

Fue así que una fría noche de invierno trajo un recital en el Centro Cultural Juan L. Ortiz y una bella silueta femenina se dejó ver en el umbral de la puerta de acceso justo cuando todos estábamos escuchando los primeros temas. Los que formaban el público éramos los mismos de siempre.

El recital debía terminar antes de las doce y los últimos colectivos pasaban media hora antes. Por lo que nos volvíamos a pata o nos íbamos antes del recital. Cuando se prendieron las luces busqué a la dueña de la silueta pero no la vi, me fui con la esperanza de verla en el próximo, no tenía ningún apuro.

Así pasaron cuatro o cinco más, nunca daba con ella hasta que un día no volví a casa y me fui con los que conocía a la plaza de los bomberos, entre la caravana iba la silueta y fui conversando con mis compañeros pero avanzando hacia ella. Cuando llegué le pregunté por el recital y cómo se llamaba, me respondió que le había gustado y no me dijo el nombre si no que se llamaba igual que la mujer maravilla y una princesa. Pensé toda la semana, podría ser Blanca, porque Cenicienta imaginé que no y Rapunzel sería muy extravagante. Y durante toda mi vida, la mujer maravilla no tenía más nombre que aquello que la nombra.

Avanzó el tiempo y siempre nos quedábamos a la salida de los recitales tomando algún trago más en el bar que estaba en la esquina de Belgrano y Urquiza.

Cuando podía la invitaba a salir y hacer algo, pero un día me dijo que se iba a otra provincia con el novio. El mal trago de enterarme de la existencia del sujeto en cuestión fue también en ese bar unos meses antes. Traté de olvidarme y seguir adelante ya que no podía hacer otra cosa.

Escapada

Un día volvió, casi irreconocible; estaba tan mal que no podía dejarla sola, resultó que su vida ideal se volvió un infierno y fue golpeada y humillada. Volvió escapada y se quedó con su madre para recuperarse y tiempo después me buscó.

Volvimos a salir a todos lados, hasta fuimos al cine a ver Los Simpson y para entonces no podía hacer otra cosa que reírme con el poco humor que tenía la película. Fue después de un recital que nos quedamos mirando el río y unos besos sellaron una noche de música, cerveza, amistad y mosquitos que me iban desangrando mientras nos besábamos.

Con el tiempo me contó por qué se iba antes de los recitales, resultaba que ella vivía a las afueras de la ciudad y caminar o un remís no eran opciones y sí o sí debía volverse en colectivo. Junto a su madre sobrevivieron momentos tan complicados como los del 2001, donde iban al mercado de frutas y verduras “El charrúa” a buscar tomates que descartaban los verduleros para hacerlos salsa y cambiarlos en el club de trueque. Se hacían lugar a los codazos porque el mercado se llenaba de gente buscando cosas, pidiendo, revolviendo hasta el último tiradero de verduras. Cuando las visitaba veía que se llevaban tan bien que me alegraba mucho verlas así después de todo lo que ambas habían sufrido.

En esa primera etapa, cuando iba a su casa solo podía llegar en colectivo porque comenzaba a andar con los dolores de la rodilla. Todas las veces me invitaban a quedarme pero no quería porque el sistema de agua no estaba bien instalado y el baño no me daba confianza; además mi sistema digestivo siempre fue un relojito bien calibrado. Pero un día me quedé, comimos unos ravioles mirando una novela, porque la tele que tenían solo agarraban los canales de aire y por ese entonces el trece ofrecía una gran variedad.

Tránsito lento

¡Comida que entra, comida que sale!, me gritaban los intestinos. Pedí permiso para ir al baño y cuando estaba sentado me dijeron desde afuera avisame si te sentás porque… Creo que quedé colorado como un soplillo. Afortunadamente las destartaladas casas del Quinto me habían dado la experiencia para sortear el inconveniente.

A la hora de dormir, estábamos rodeados de muñecos espeluznantes: había una Annabelle, un monito con platillos, y un Santa Klaus entre otros peluches personajes de Stephen King y algunos de ellos se prendían solos a veces. En más de una oportunidad prefería volverme las 60 cuadras a pata, antes de hacer el juego del valde o quedar bajo la mirada de los muñecos esperando que alguno se mueva.

Un día ella se enfermó de la vesícula, la operaron y cuando le dieron el alta la llevé a casa porque por lo menos no teníamos problemas con el baño. Unos días después volvía Malón a tocar a Paraná tras casi 20 años y ella ya tenía las entradas para ir, yo no la había sacado porque me parecía que no llegaríamos. Le habían recomendado reposo así es que ir a un recital no era lo indicado. Lloró tanto que llamé a un remís y fuimos igual. Pagué la entrada y me querían sacar la cadena de la billetera, a lo que no accedí y entramos igual. No podíamos ir adelante para ver bien así es que tenía que hacerle un corralito humano para que no la choquen justo donde tenía los puntos. El recital había sido en un galpón devenido en boliche.

Cuando salimos charlamos unos minutos con la monada recitalera, mientras esperábamos el remís.

Otra etapa

Cuando se recuperó consiguió un par de trabajos que no le solucionaban la vida pero le servían. Cuando venían bandas importantes las íbamos a ver, pasaron por nuestros oídos
Malón, Almafuerte, Horcas, Rata Blanca, Tributo a V8, Tano Romano, Plan 4, Tren Loco, Logos y un sin fin de bandas cuyo nombres parecían un montón de ramas apiladas y además vimos a todas las bandas locales activas. Íbamos y veníamos por todos lados sin moto ni auto, solo como dos personas de a pie conscientes que nos teníamos el uno para el otro.

Un día se mudó sola y no la volví a ver. Algo había cambiado en los dos, tanto que esa alegría metalera que teníamos se esfumó. Fue tan así que me compré un talismán para mi tranquilidad y aun lo llevo conmigo.

Seguí leyendo

Suscribite para acceder a todo el contenido exclusivo de El Telégrafo de Entre Ríos. Con un pequeño aporte mensual nos ayudas a generar contenido de calidad.


Ya soy miembro